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domingo, 19 de agosto de 2007

A MIS COLEGAS MILITARES

Estimado  colega

Desde el año 1.992 los militares estamos teniendo un protagonismo inusitado en la vida política del país. Hemos invadido insólitamente predios reservados tradicionalmente a los políticos y estos han acusado el desplazamiento y cedido espacios que ocuparán nuevamente, una vez que se solucionen los problemas políticos del país.

Un ligero análisis, tomando como referencia el 4 de febrero de 1.992 con la irrupción de Hugo Chávez y su fallido golpe de estado de aquella oportunidad, conduciría inevitablemente a la conclusión que orbita desde entonces en círculos académicos y profesionales de ambos medios (civiles y militares). Hubo un gran vacío de liderazgo y este fue cubierto por aventureros, codiciosos y vividores de la política. Maleantes de camino que llegaron asaltando las instituciones y destrozando impunemente las estructuras políticas de dos generaciones.

El 4 de febrero de 1.992 no ha sido valorado aún en sus interioridades institucionales. Los resultados de los estudios ordenados por el Comando General del Ejército sobre las causas del pronunciamiento militar de ese entonces quedaron sepultados bajo la irresponsabilidad de los mandos de aquella oportunidad y nunca se conocieron públicamente las conclusiones institucionales. Sus resultados tienen 15 años de misterio, amparado por la ignorancia política de los mandos de aquella ocasión y los cuadros medios e intermedios. Es necesario desclasificar esos documentos y lanzarlos a la opinión pública para conocer cuáles fueron las debilidades institucionales que permitieron la impunidad de entonces y que facilitaran cerrar los caminos futuros a la felonía militar. En esta coyuntura, el rol protagónico de todo lo que se hizo y dejó de hacer en la Fuerza Armada Nacional para reponerla del duro golpe de la escisión, recayó en el general de División (Ej.) Fernando Ochoa Antich. Su actuación aún es cuestionada y sus decisiones están en tela de juicio ante la opinión pública.

La llegada de Hugo Chávez al poder el 6 de diciembre de 1.998 fue el resultado de la suma de varios errores de la dirigencia política y el liderazgo militar de ese entonces. Los efectos numéricos de aquella jornada electoral fueron impecables y es indiscutible la mayoría con que ganó el candidato de la coalición de la izquierda. Lo censurable fueron las pifias con que se manejó el “problema” Chávez en la institución militar y como las intrigas en los altos niveles de la institución facilitaron el debilitamiento institucional en el manejo de los valores y los principios. Los mensajes tendenciosos y abiertamente políticos del Comandante General del Ejército de la ocasión, el General de División Rubén Matías Rojas Pérez obligaron a muchos profesionales a posicionarse en la coyuntura y a segmentar radicalmente la corporación armada. Pero más aun, el Alto Mando Militar de esa ocasión fue débil en la postura y facilitó mucho antes de la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de la República, que los factores que simpatizaban con la candidatura de este en la organización, fijarán posiciones, concertaran planificaciones y estuvieran alertados para inclinar militarmente, la balanza hacia Hugo Chávez, independientemente de los resultados electorales. De allí surgió la tesis del golpe del estado encabezado por el yerno del presidente Rafael Caldera; sobre esta tesis oportunista de los aliados del presidente electo, se montó y cabalgó el General Salazar Rodríguez y aún debe una explicación a la opinión pública.

Después del 2 de febrero de 1.999 las aguas de la Fuerza Armada Nacional se calmaron y la institución dio un cheque en blanco a Hugo Chávez para que manejara los cambios estructurales a nivel nacional, sin ningún tipo de posicionamiento. El General de División Raúl Salazar Rodríguez en su calidad de Ministro de la Defensa fue el representante de la organización. Venía respaldado por una gran carga de autoridad académica, operacional y ejecutiva de la institución. Los acontecimientos políticos y militares que se desencadenaron fueron relegando al general Salazar Rodríguez a una triste y melancólica posición institucional; y no tuvo la fortaleza que lo venia respaldando para oponerse a la politización sistemática de la institución y al desmantelamiento de todo el cargamento de valores, principios y tradiciones de que estaba revestida la Fuerza Armada Nacional. El general Salazar Rodríguez dejó muy mal parada a la institución armada en su periodo administrativo como Ministro de la Defensa.

El 11 de abril de 2.002 fue el natural resultado de las presiones políticas, económicas y sociales de los cambios acelerados propiciados por el Presidente Chávez y desembocaron en el natural pronunciamiento militar. Dos jefes militares tuvieron la responsabilidad de liderizar el camino de la Fuerza Armada Nacional. El Vicealmirante Héctor Ramírez Pérez, Ministro de la Defensa designado por el breve gobierno de Pedro Carmona Estanga desperdició la ocasión histórica de encabezar una nueva coyuntura política dentro de la institución armada; desgraciadamente no tuvo la fortaleza política, la visión histórica y el coraje personal para montarse sobre los acontecimientos de la ocasión y llevar a un puerto seguro la nave del nuevo gobierno. El General de División (Ej.) Efraín Vásquez Velasco era el Comandante General del Ejército durante esos acontecimientos. Su actuación es la más lamentable de la coyuntura. Nunca valoró el poder que descansaba sobre sus decisiones, no supo manejar el problema político y menos el militar, sus decisiones fueron lamentables y censurables; igual suerte corrió ante el general de División (GN) Carlos Alfonso Martínez, prácticamente al mando de la Guardia Nacional de Venezuela, pero miope en sus decisiones y valoraciones estratégicas desde el punto de vista político y militar.

El 22 de octubre de 2.002, un grupo de generales y almirantes en una circunstancia sin ningún tipo de precedente, se instaló en la Plaza Altamira y se declararon en rebeldía frente al régimen, acogiéndose al artículo 350 de la Constitución Nacional. Más tarde se les incorporaron más de un centenar de colegas. El grupo estuvo liderizado por el General de División (Ej.) Enrique Medina Gómez sin ningún tipo de plan en particular. Tres meses más tarde esa iniciativa moría por ausencia de metas, por una anemia aguda de planificación, por una retorica fecundada de ingenuidad y por la ambición aguda de la mayoría de los oficiales generales y almirantes y el resto de superiores que larvó políticamente y desencantaron a sus subalternos.

Como se lee, todas estas iniciativas tiene un denominador común; ausencia de liderazgo, escasez de coraje, falta de proporción histórica y política, grandes ambiciones en contraste con la nulidad de los valores personales y los principios atesorados institucionalmente, ignorancia institucional; todo ello conspiró para facilitar los resultados actuales. La gran mayoría de los jefes militares de las coyunturas confrontacionales, como Medina Gómez, Vásquez Velasco, Alfonso Martínez y otros, hicieron mutis por el foro; olvidando que tras de cada decisión volátil que tomaron en las ocasiones que les correspondió protagonizar, arrastraron subalternos y futuros comprometidos. Esa no es la línea de un jefe, ese no es el patrón. Un líder no abandona a sus subalternos.

Descargar en los jefes de esas oportunidades, las responsabilidades del liderazgo y el fracaso de todas esas etapas es una tarea que requiere valoraciones y ponderaciones objetivas. Por ello requerimos sus aportes desde una óptica mesurada, seca, descarnada y desapasionada; sin que ello signifique el juicio histórico que les corresponderá asumir mañana. Pero ya el camino estará andado una parte.

!Bienvenidos sus aportes!