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jueves, 26 de noviembre de 2009

LAS DECISIONES Y EL DISCURSO – HISTORIAS DEL 4 DE FEBRERO DE 1.992

Junio de 1.991

Fue un discurso que no preparó el doctor Regulo Rojas Medina, el eterno escriba del quinto piso de la Comandancia General del Ejercito, mucho menos lo transcribió la secretaria oficial, la señora Mery Molero. Por esta ocasión la formalidad épica, acostumbrada para esas ocasiones y los agradecimientos por la gestión realizada, se quedaron atrás y fríos. Había demasiado resentimiento y una gran arrechera personal hacia el Comandante en Jefe. Los últimos acontecimientos se habían vuelto demasiado tirantes y exageradamente peligrosos. El escándalo de las municiones de artillería y sus estrechas vinculaciones con el entorno presidencial habían puesto el cargo en riesgo.

Tanta inseguridad y vaivenes que cuando se transpuso el límite permitido en el respeto del cargo y caminaba por el peligroso filo de la navaja del chantaje político y la intimidación corporativa, al Presidente de la República no le quedó más remedio que remplazar al todopoderoso jefe del Ejército. De allí cada palabra telegrafiada en el discurso que garrapateaba en la hoja tipo carta para llevarla a la computadora, él personalmente sin ningún tipo de intermediario. Quería despabilar la sorpresa para los predios miraflorinos, para estrujar un secreto que era a todas las voces, incluida la de él.

La corte del palacio se conchupaba en la negociaciones de los grandes contratos que derivaron de la incursión del navío colombiano en las aguas del Golfo de Venezuela. Eso y su duelo a cielo abierto con el poderoso Jefe de la Inteligencia Militar lo habían puesto en la desgracia de los favores del Presidente. Después de todo, algunas cosas no habían salido de acuerdo a los planes. Y los planes eran medrar a la sombra de la guerra con Colombia y a la luz de la conspiración en los cuarteles.

Fue un discurso donde el método era la rabia y el propio alegato una arenga para las tropas que estaba dejando de comandar. Tantos años después, cada impulso en las expresiones que se recogían en las diez cuartillas, cuidadosamente redactadas, pudieran aparejarse a la soflama antes del cruce de la Línea de Partida (LP). Los fuegos preparatorios de la artillería habían iniciado su escalada de estragos. Una primera cuartilla se desbocó emocionada.

"Este es mi último discurso oficial como militar en servicio y dada la situación nacional quiero centrarlo alrededor de tres temas fundamentales. Dos de los temas son reafirmaciones de los ideales y valores que me fueron inculcados en mi hogar y durante mi formación en la Academia Militar de Venezuela: El amor por la libertad y la necesidad de un comportamiento ético que le de un basamento moral a nuestra existencia. El tercer tema es un llamado a la mayoría honesta y decente de nuestros compatriotas a enrolarse en la cruzada contra el morbo de la corrupción que amenaza con destruir en forma lenta, pero sin pausa, nuestras bases morales y nuestra libertad. Finalmente haré una reflexión sobre la responsabilidad ética de los militares en los casos en los cuáles deben enfrentarse a los dilemas morales en los cuales hay un choque espiritual entre el deber de la obediencia y la voz de la conciencia"

 

Cada idea se amasaba con la intención de dirigirla hacia un solo personaje. La sobriedad característica en la generalidad de los gochos de San Cristóbal abría paso para cada frase hiriente desde el punto de vista político. Cada oración era cuidadosamente escogida para que atravesara como un lanzazo verbal impulsado desde la tribuna del patio de honor de la Academia Militar de Venezuela, hasta los predios del Palacio de Miraflores.

En otras circunstancias, era probable que al finalizar la peroración castrense y arregladas las formalidades de la entrega del mando; una comisión de la Dirección General Sectorial de Inteligencia Militar (DGSIM) hubiese esperado al alto jefe militar en la misma tribuna y lo hubiera traslado detenido por orden presidencial a las instalaciones de la Policía Militar. Pero eso, no era posible. Algo había fracturado la autoridad desde los más altos niveles. Faltó coraje para las decisiones; o más allá de la temeridad de una determinación extrema la ausencia fue de vuelo de halcón. En una suerte de chantaje reciproco, la formula era dejar que el tiempo se encargara de enterrar las duras palabras protocolares del ex Comandante General a cambio de su silencio. El tiempo se encargó de dictaminar que fue un lamentable error no designar la comisión que se encargara de llevar arrestado al general y solicitar la correspondiente averiguación sumarial a la Corte Marcial.

Los demonios de la coacción y la maquinación quedaron sueltos en los pasillos de las reparticiones militares. La debilidad del Comandante en Jefe en su autoridad, quedó manifestada en un acto de insubordinaciones telegrafiadas y el camino para el golpe quedó expedito, era cuestión de inercia.

"Esta temática podría parecer impropia en un discurso militar, pero como hombre de armas educado la integridad nacional y como fiel creyente de la idea del libertador según la cuál LA FUERZA MORAL ES LA VERDADERA FUERZA DEL EJERCITO, considero que es inaplazable tratarla porque la conjunción de los tres temas constituyen el centro de gravedad de la hipótesis de guerra que se ha materializado en el país en los últimos tiempos"

Libertad, corrupción, honor, dignidad eran las palabras que resoplaban con mayor intensidad en la redacción del manuscrito, antes de ser aprisionado por la impresora para las enésimas correcciones, trazadas antes de darle el finiquito al discurso. No hubo las prevenciones para la duda, ni las alcabalas para la indecisión. Había que canalizar su calentera como solo los gochos, orientaban sus arrecheras entre ellos. Para eso era la esgrima verbal. Al fin y al cabo el destinatario era otro gocho. Solo que este era el Presidente de la República y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales; y aquel era el Comandante General del Ejército.

"En la actualidad el principal enemigo de la libertad es la corrupción, ese monstruo hijo de un cruce satánico entre la injusticia y la inmoralidad. Esa hidra de incontables cabezas, como el narcotráfico, el peculado, la inseguridad personal, etc. propaga el mortífero virus del SIDA moral que daña irreparablemente el sistema de inmunidad ético de la patria. Ese flagelo se ha convertido en poco tiempo en el enemigo público número uno, constituyéndose en la amenaza más grave que se cierne sobre nuestro país. Ese engendro es el verdadero elemento subversivo, que a través de la destrucción de nuestros valores morales pretende desestabilizar el sistema democrático y robarnos nuestra libertad. Esa plaga ha ido adquiriendo tal fuerza y capacidad agresiva, que no vacilo en opinar que en Venezuela, se está incubando una Guerra Civil entre la minoría corrupta cuya degradación moral es evidente, pero que cuenta con enormes recursos, y la mayoría decente que sufre día a día los impactos corrosivos de los golpes arteros que le asesta esta bestia degenerada"

Mientras redactaba, rayaba, corregía, arrugaba y rompía; y volvía a agarrar otra hoja de papel recordaba nítidamente los detalles de la manera como el Comandante en Jefe había decidido relevarlo del mando. El discurso lo empezó a rayar en el propio despacho del Presidente y en cada palabra, cada frase, cada oración se encerraba una clave que solo ellos dos sabían descifrar.

Parecía que escribía un discurso con un destinatario que iba a tener al frente de la tribuna de oradores, sin el público de los laterales, sin las marciales agrupaciones de parada y desfile del acto protocolar, sin los invitados especiales para la ocasión y sin las autoridades civiles y militares del momento. Solo para ese destinatario oficial y su edecán de servicio presidiendo el acto; el Ministro de la Defensa ataviado con su blanco uniforme de marino y su turbación, también ayuna de decisiones.

Otra cuartilla se arrugaba y acertaba en la oscuridad de la papelera, porque no contenía en amplitud la rabia del contubernio.

La reunión en el Palacio, la presencia del general Ochoa, testigo de excepción de la información, el tono inusualmente áspero del Presidente para comunicar la decisión, el silencio espeso en que derivó la audiencia posteriormente, la exigencia del Comandante en Jefe para que la ceremonia se realizara con la perentoriedad del otro día, se reflejaron en la cara del jefe militar que adquirió un color rojo encendido al finalizar la audiencia.

Si los organismos de seguridad del estado hubieran funcionado por el vuelo presidencial, una vez franqueado el umbral del despacho del Primer Magistrado Nacional, una comisión de la Policía Militar lo hubiera esperado en la Sala de Edecanes y trasladado hasta Fuerte Tiuna a la orden de un tribunal militar. El escándalo hubiera dormido dos días en los titulares de la prensa nacional y la componenda hubiera salido por los montes y desfiladeros, corriendo con sus banderas color de miedo, al decir de Juan Vicente González.

No ocurrió así y de allí salió el general envalentonado con su disgusto andino a redactar su encendida peroración ante los oficiales generales y almirantes, los oficiales superiores y subalternos, los suboficiales, la tropas profesionales y alistadas, los cadetes, los músicos militares, los empleados y obreros civiles; y todo el numerosísimo grupo de invitados del Patio de Honor de la Academia Militar de Venezuela. Una insubordinación de diez cuartillas con el vocativo de la prevención protocolar.

Era una pelea entre gochos y el escenario de la confrontación verbal estaba adornado con el fondo de las columnatas y al final el grupo escultórico de La vigilia del soldado, avistaba que no había peligro en la arenga. No había condiciones para la presencia de una comisión de la Disip, la DIM o la Policía Militar con instrucciones de un arresto. Estos organismos se dedicaron a oír, grabar y a mantenerse a la expectativa sin ningún tipo de instrucciones coercitivas o de parafernalia operativa; hasta allí.

Nadie tomó decisiones. Al menos el gocho del palacio de Misia Jacinta que tenía la pelota en su terreno de juego, no la devolvió. Un grave error que pago con su cargo de Presidente de la República, ocho meses más tarde.

"El enemigo está ante nuestras puertas y debemos movilizar las reservas morales de la patria para enfrentarlo. La corrupción está entre nosotros mismos y nos amenaza a todos, llegando incluso a ser un peligro para la propia seguridad del estado. ¡La corrupción está avanzando y debemos detenerla! Si no lo hacemos a tiempo, ella destruirá al país y nos llevará de regreso a la opresión, haciéndolos perder el más precioso legado que nos dejó el Padre de la Patria: La libertad"

La seguridad del estado es una temática exageradamente compleja en el proceso de toma de decisiones. Los años previos al año de 1.991, los organismos de seguridad del estado fueron gravemente desnaturalizados en sus funciones y postrados organizacionalmente. La guerra desatada entre el grupo de generales y almirantes que pugnaban por las posiciones de poder dentro de las Fuerzas Armadas Nacionales pusieron al servicio de los más oscuros intereses la orientación del esfuerzo de búsqueda de información y la búsqueda propiamente de revelaciones útiles, oportunas y confiables para generar inteligencia estratégica y reforzar la seguridad del estado.

El Presidente de la Republica era un ciego y un sordo en materia conspirativa reducido a la dependencia de su olfato político que lo encapuchaba en su soberbia andina, cuando recibía algún informe por las vías oficiosas "General, a mi no se me alza nadie, esos son inventos de algunos generales"

La Dirección General Sectorial de Inteligencia Militar (DGSIM), la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP) y las agencias de inteligencia de las fuerzas orientaron sus prioridades a procesar de manera tendenciosa las informaciones y a producir inteligencia estratégica viciada y pervertida. En algunas oportunidades por intereses subalternos, en otras por las oscuras motivaciones mercantilistas y en último caso por la postración a que habían sido reducidas por los rendimientos de la conspiración que se arrastraba en los más altos niveles de gobierno.

El Presidente recibía información nula e inútil de los organismos de seguridad del estado y cuando recibía inteligencia pertinente, esta la desvirtuaba el ministro o el comandante de fuerza, según los efectos que esta provocaba dentro de las Fuerzas Armadas Nacionales o el componente correspondiente.

La bruma informativa que envolvía al Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales sobre la situación interna de la institución armada, desde los cercanos días de la campaña electoral se iniciaba por su desinterés o su olvido en darle un finiquito a la extraña movilización de tanques Dragón 300 del Batallón Ayala, desde Fuerte Tiuna hasta las inmediaciones del Ministerio de Relaciones Interiores en la esquina de Carmelitas de la Avenida Urdaneta.

En ese escenario era viable la posibilidad de una decisión errada o simplemente un limbo decisional que condujo a los hechos del 4 de febrero de 1.992. Simplemente el Comandante en Jefe no tomó la decisión adecuada, después de una seguidilla de omisiones y olvidos en materia de política militar.

"La corrupción es la droga de la democracia. Ella es terriblemente adictiva y cada día los corruptos requieren más poder para no sentir las convulsiones del delirium tremens moral. Para satisfacer su avidez sin límite, los corruptos ya no se limitan a buscar dinero y riquezas fáciles, desangrando el país, sino que también se han lanzado a la búsqueda del poder político y a infiltrar las instituciones fundamentales del estado.

Este hecho que ya no se puede ocultar, ha originado una reacción contraria en un grupo creciente de militares y civiles que están convencidos que la democracia actual esta carcomida por la corrupción y consideran que la única forma de corregir esta situación es a través de una acción de fuerza que a sangre y fuego purgue a los corruptos y reivindique a la nación. Este grupo considera que el honor de la patria solo puede renacer, regenerándolo con la sangre de los que lo han mancillado y que para lograr ese objetivo es indispensable barrer con la democracia y establecer un régimen autoritario. Si eso ocurre caeríamos en los brazos del despotismo y perderíamos la libertad, que es el único dique que impide que se desborden las aguas tenebrosas de la tiranía"

El proceso de formación y capacitación de los oficiales desde las escuelas correspondientes, se orienta a una continua y sistemática toma de decisiones. Este desarrollo continua en las escuelas de capacitación y de armas y servicio; hasta que se refina en las escuelas de estado mayor, donde el auxilio de los estados mayores ayuda a hacer apreciaciones, a recomendar, a supervisar, a proporcionar información, a tomar decisiones y a supervisar el cumplimiento de estas. Esta dinámica se obvió sobremanera con una intención taimada y contribuyó a generar una bruma informativa pesada e intrincada, a todo nivel de decisión; especialmente en Miraflores.

La trama que desembocaría ocho meses después, solo la detenía una decisión. Alguno de los oficiales generales y almirantes al recordar su paso por alguna de las escuelas de estado mayor, si hubiese recordado el planteamiento básico de las pruebas académicas hubiera aclarado el dilema de cumplir con su obligación constitucional o taimadamente dejar correr el rio revuelto de la intriga

¿Cuál es su decisión? ¿Cuáles son sus acciones y cuáles son sus órdenes? Ese es el patrón básico para un militar en un proceso de toma de decisiones de naturaleza administrativa o en el campo de batalla. En último caso al elevarle la recomendación al Comandante en Jefe, hubiera contribuido a salvar lo que quedaba de republica. Mientras tanto, la arrechera se convertía en tinta en el discurso.

"El análisis anterior me lleva a plantear algunas interrogantes:

¿Es justificable sacrificar la libertad para derrotar la corrupción?

¿Quién nos asegura que un gobierno de fuerza no se corromperá con el correr del tiempo y lleguemos de nuevo a una situación similar a la actual? Con el agravante de que sin la libertad no podremos demostrar públicamente nuestra inconformidad.

¿No estaremos ante un falso dilema que nos obliga a escoger entre una democracia corrupta o una dictadura honesta?

¿No hay otras alternativas?

Las respuestas a estas preguntas son de una altísima prioridad nacional como lo son las acciones concretas que deben tomarse ante la actual crisis."

 

El primer año de gestión, en Los Pinos había un ambiente de extrema sensibilidad política. Las aulas de la Escuela Superior del Ejército "Libertador Simón Bolívar" era un hervidero pasivo de conspiración. Un grupo lo hacían quienes se estaban formando con el Curso Básico de Estado Mayor y otro de quienes ya estaban en la fase del superior.

Algunos estudiaban y se abstraían de la dura realidad profesional. Otros simplemente maquinaban políticamente y se diluían en discusiones de actualidad económica y social aprovechando la dureza de las exposiciones contra el sistema político del General Muller Rojas en Estrategia y el general José Luis Prieto en Inteligencia Estratégica.

La corrupción militar era uno de los temas principales de la agenda. El núcleo fundamental de la conjura se concentraba en el Curso Superior de Comando y Estado Mayor numero 32. Desde allí, a ocupar los cargos en el comando de las unidades tácticas del Ejército más sensibles, era solo cuestión de la decisión del Comandante General del Ejército y la ratificación del Ministro. Las unidades ya estaban seleccionadas y se habían aceitado en eso de la salvaguarda del honor militar y la reivindicación de la patria.

Eso de que "Por disposición del Ciudadano Presidente de la República y Resolución del Ministerio de la Defensa" era una zarandaja formalista; desde las aulas de Los Pinos se proyectaba la maniobra más allá de las posiciones iniciales del enemigo, hasta el objetivo final de los cargos en los primeros comandos de las unidades. Lo que mediaba eran las situaciones de conducción. Eso que llaman apreciaciones de la situación de conducción. Para eso estaba Muller Rojas ablandando las posiciones en sus horas académicas de Lidell Hart, prefigurando fintas, haciendo maniobras de diversión y cabildeando en el quinto piso del Ejército. La estrategia de la aproximación indirecta no podía funcionar mejor.

Las unidades militares seleccionadas eran los batallones de paracaidistas. Lo que se imponía era una operación especial con una alta capacidad de movilidad y un gran poder para la sorpresa más allá de la retaguardia. Las unidades de paracaidistas eran las ideales. Ya tenían el orgullo del combate a flor de piel en las dos misiones que se le había seleccionado previamente. Cumplieron una misión humanitaria en Namibia como reserva dentro del país y luego fueron por cuatro meses a Centroamérica a supervisar la desmovilización en esa larga guerra civil. Eso ya formaba parte de sus haberes militares y la experiencia de combate. Solo faltaba subirse al ring de la política, los argumentos de la participación se asumían desde el rudo contacto con la contra y con el sandinismo en la experiencia humanitaria de Nicaragua.

Durante la actuación en Namibia, las Naciones Unidas asignaron a Venezuela la misión de mantenerse en reserva para trasladarse a la Zona de Operaciones en un plazo de siete días en caso de ser necesario. A partir de ese momento el Batallón Venezolano se encontraba en segunda reserva después de Togo y antes de Yugoslavia, por lo tanto, la Unidad se quedó esperando ordenes en caso de que hubiera sido necesaria la utilización de las reservas, para solventar algún contratiempo surgido, reemplazar alguna Unidad que hubiera satisfecho ya el Mandato de las Organización de las Naciones Unidas (ONU) o para cumplir con cualquier otro aspecto, de haberse necesitado.

Finalmente el Batallón de Paracaidista Antonio Nicolás Briceño no fue requerido por la ONU y no tuvo necesidad de salir del país; pero la unidad fue organizada, equipada y adiestrada para cumplir su misión y estuvo presta para salir hacia Namibia. Todo era emoción en el Comando, la Plana Mayor de Coordinación, la Plana Mayor Especial y las unidades de maniobra del batallón.

La Unidad Especial Venezuela – como había sido bautizada de manera especial - no fue desactivada y había recibido misiones de entrenamiento como tal.

En Febrero de 1990 la Unidad Especial de Seguridad Venezuela realizaba maniobras en El Pao, Estado Cojedes, cuando nuevamente las Naciones Unidas le asignaron una nueva misión: "Ayudar  en el proceso voluntario de desarme de la Resistencia Nicaragüense (RN) mediante las actividades de recolección, registro, destrucción, transporte, almacenamiento y custodia y participar en la disposición final de las armas, municiones, equipo y uniformes que entreguen voluntariamente las miembros de dicha Resistencia".

En las aulas del Curso 32 de la Escuela Superior del Ejército en ese momento bajo la dirección del General de Brigada Alberto Esqueda Torres, se batieron palmas. Los lauros de una unidad que regresara victoriosa de contribuir a la paz, eran los más fecundos frutos para montarse en el proceso de paz de la Republica de Venezuela. La única manera de traer la paz a Venezuela, era iniciar una cruzada contra la corrupción en el sector militar, que se llevara por delante al sector político.

Se inició el análisis de la misión y de la información disponible en atención al despliegue operacional previsto en Centroamérica: Honduras, Nicaragua y Costa Rica.

El 10 de Abril de 1990, la Base Aérea El Libertador en el Estado Aragua fue testigo de la partida de las primeras tropas venezolanas en misión de paz, bajo la bandera de Las Naciones Unidades. Muy pronto, esas mismas tropas, regresarían a abrazar la bandera de una nación unida en torno a la libertad y la paz.

El 22 de Abril empezaron a partir de Venezuela el resto de las tropas. La 1era. Compañía de Paracaidista salió ese día, el 24 de Abril la 4ta. Compañía con parte del Cuartel General y el 26 de Abril concluyó la llegada del personal, con el arribo de la 3era. Compañía y la parte faltante del Cuartel General.

A diferencia de las dos primeras oleadas, que viajaron en los C-130H de la FAV, las dos finales viajaron en primera clase de la aerolínea Canadiense NationAir. 

El 27 de Abril, más de 700 soldados venezolanos amanecieron usando boina azul y perteneciendo a las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas, cuatro meses más tarde retornarían para cambiar la boina azul por la tradicional boina roja de los paracaidistas. La historia empezaba a contarse.

A la Unidad Especial de Seguridad Venezuela se le asignaron ocho Zonas de Seguridad a lo largo y ancho de la geografía Nicaragüense donde se desarmaría a los rebeldes. Junto a los soldados venezolanos, también se encontraba personal civil de la Comisión Internacional de Apoyo y Verificación (CIAV), integrantes de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El Proceso de Desmovilización en territorio Nicaragüense empezó oficialmente el 8 de Mayo.

La desmovilización llevada por la UESV a un miembro de la Resistencia Nicaragüense consistía en lo siguiente: El rebelde voluntariamente se despojaba de su equipo, arneses, etc., para que un soldado venezolano lo revisara y así evitar que pasara munición al área de desmovilización. En este punto se entregaba toda arma y munición disponible. A continuación el ex rebelde era sometido a exámenes médicos para que después los miembros del Grupo de Observadores de la ONU le tomaran sus datos personales, familiares, nivel de instrucción, y las actividades que espera realizar en el futuro.

Igualmente el personal de la ONU tomaba datos sobre el equipo de combate entregado, datos del armamento, serial, calibre, etc. Ya despojado de toda su indumentaria, el desmovilizado era vestido con ropa civil para finalmente tomarle una fotografía  y entregarle un carnet de identificación. Mientras todo esto sucedía, los soldados venezolanos entrenados en equipos de oxigeno y acetileno, literalmente cortaban los fusiles (u otra arma) en tres partes e inutilizaban los cargadores con una mandarria. Finalmente los restos eran llevados a un crematorio para su total destrucción.

Todo este proceso se repitió sin novedad con los miles de miembros de la Resistencia, hasta contabilizar 22.373 hombres y mujeres. Se recolectaron para su destrucción 15.144 armas de pequeño y mediano calibre, 4 ametralladoras pesadas, 137 morteros, 1.828 lanzagranadas, 1.333 granadas, 146 minas, y 119 misiles.

El 5 de Julio finalizó oficialmente la desmovilización, aunque la UESV desde varios días había concluido su tarea.

Antes del regreso de la primera oleada, ese mismo 19 de Junio, en el patio del Cuartel General de Blindados en Managua, se realizaron dos actos de relevancia histórica, la entrega de condecoraciones Mérito Distinguido de la ONU a todo el personal participante y la entrega de condecoraciones del Gobierno Nicaragüense al personal de la UESV que cumplió los requisitos establecidos por la reglamentación.

Después de los actos, las primeras tropas empezaron a regresar a suelo patrio, donde fueron recibidas por el Comandante General del Ejército. Toda esa memoria pasaba por el viejo soldado mientras subrayaba fragmentos, rompía cuartillas y lanzaba pedazos de papel bond borroneado, a la papelera ya rebosante de basura del discurso que no terminaba de hacer el recuento de su tránsito como Comandante General del Ejército.

El 24 de Junio y 5 de Julio se celebraron los acostumbrados desfiles militares del Día del Ejército y Día de la Independencia respectivamente, y la  Unidad Especial de Seguridad Venezuela desfiló ante su orgulloso pueblo venezolano, luciendo sus boinas azules y  condecoraciones.

El 7 de Julio los integrantes de la Unidad fueron ascendidos y condecorados por el Gobierno Nacional, para finalmente el 18 de Julio de 1990, por Resolución No. E-1467 es desactivada la Unidad luego de participar en las Operaciones de Restablecimiento de la paz en Centroamérica a las órdenes de las Naciones Unidas.

Fueron cuatros meses de intensa dedicación y esfuerzo cabal de los miembros de la Unidad Especial de Seguridad Venezuela, que dejaron  bien alto a nivel internacional al Glorioso Ejercito Venezolano, Forjador de Libertades

En ese momento, la primera unidad militar venezolana, era la Unidad Especial de Seguridad Venezuela. El distintivo de cada uno de los integrantes de esta unidad, era el del soldado que regresaba victorioso del Campo de Batalla y de haber llevado más allá de las fronteras venezolanas, el estandarte de haber contribuido con la paz.

Esta misión era lo más cercano a la identificación con el Ejército Libertador que había cruzado sus fronteras para llevar la libertad y la paz a otros países. Esa Unidad Especial de Seguridad Venezuela era el Batallón de Paracaidistas Antonio Nicolás Briceño.

La misma circunstancia de compartir la experiencia de la guerra con los desmovilizados centroamericanos, los hacia una unidad elite dentro del Ejército. La Unidad Especial Venezuela, formada en prioridad por paracaidistas y especialistas de todo orden dentro de las Fuerzas Armadas Nacionales se nucleó en torno al Batallón de Paracaidistas "Antonio Nicolás Briceño". Con la desactivación de la unidad especial, sus integrantes fueron reasignados dentro de la Brigada de Paracaidista en sus unidades tácticas.

La mayoría de los profesionales y las tropas permanecieron en la unidad núcleo del "Briceño", el resto fueron reasignados al Batallón de Paracaidistas "José Leonardo Chirinos" y el Batallón de Apoyo "Ramón García de Sena".

En el mes de julio de 1991, había que iniciar un proceso de relevos en los cargos del primer comando. Esas unidades debían de mantener su línea de elite, dentro de la estructura de las Fuerzas Armadas Nacionales.

Una unidad elite merecía el comando de un oficial perteneciente a una elite dentro del Ejército.

Nada de eso era bueno colocarlo en el discurso.

 

Ooooooooooooooooooooooooooooooo

 

Algunos de los oficiales de la facultad imponían su autoridad académica a través de la versión de la seguridad… ¡Ante la duda, rojo! Se trataba de no dejar espacio para la incertidumbre en el combate, de arrinconar la niebla de la indecisión ante la duda; era preferible tomar una decisión para perjudicar a un inocente que no tomarla y dejar afuera a un culpable. Eso se inoculaba en la sangre corporativa desde los viejos tiempos de las escuelas de armas y servicios y las escuelas de estado mayor. En algunos niveles había claridad en la situación, certeza en la realidad política de la organización y una posición definida en cuanto a mantener dentro de los cauces institucionales y democráticos al Ejército.

En los meses previos a las actividades festivas de diciembre de 1.990, elevan a la consideración del Comandante General del Ejército, una solicitud de apelación de los resultados de una Prueba Integral Individual (PII) del Curso Superior de Comando y Estado Mayor numero 32. Se trataba de la prueba final de Brigada de Infantería en Operaciones Defensivas. El instructor, un Teniente Coronel de Blindados, Pedro Vicente Lezama Pérez; había considerado reprobar a un grupo significativo de señores oficiales alumnos entre los cuales estaban los mayores Jesús López Ramírez, Rodolfo Mendoza Urbina, Luciano Bacalao Von Schambert y Hugo Rafael Chávez Frías entre otros.

En honor a la verdad, un alumno reprobado en el nivel del Curso Superior de Comando y Estado Mayor en un requerimiento de la materia Brigada de Infantería en Operaciones Defensivas se revestía de una gran carga de subjetividad; era equivocarse en el proceso de toma de decisiones para una situación en particular que diseña el instructor en el examen. Aquello de ¿Cuál es su decisión? ¿Cuáles son sus acciones? ¿Cuáles son sus órdenes?

Más importante que eso era la justificación por los factores de la decisión, la misión, el enemigo, el terreno y los medios. Y en eso es que hay que argumentar en el uso de las unidades, razonar en el desplazamiento a través de la observación y los campos de tiro, justificar en cuanto a la composición y la fuerza del enemigo; o demostrar que la decisión es viable en la conjugación de todos esos factores. En todo caso, la decisión del instructor para impugnar el razonamiento del alumno tiene una gran carga de subjetividad.

La mejor manera de probar el desacierto es en el campo de batalla o en el juego de guerra.

Los niveles de apelación subieron hasta que la Dirección de la Escuela lo eleva al Comandante General y la decisión es abrir la oportunidad de una nueva prueba que es calificada como reprobada nuevamente, hasta que por decisión ejecutiva la materia se aprueba y el Señor Oficial Alumno, el Mayor Hugo Rafael Chávez Frías continua manteniendo su alta, en el Curso Superior de Comando y Estado Mayor numero 32.

Una decisión al más alto nivel del Ejército que se demostró en el tiempo, reprobable; en la que privaron mas los afectos y la contigüidad amistosa de otro de los afectados y la irresponsabilidad de la Dirección de la Escuela Superior del Ejército de no cumplir con el mandato del Consejo Académico de aplicar el Reglamento Interno del instituto.

Una decisión del Mayor Hugo Chávez en una prueba final de una materia académica, calificada con rojo por el instructor el Teniente Coronel Pedro Vicente Lezama Pérez; también sirvió para calificar con rojo la indecisión del General de Brigada Alberto Emerich Esqueda Torres de no aplicar el reglamento interno; la indecisión del Comandante de las Escuelas del Ejército y la indecisión conclusiva del Comandante General del Ejército. El tiempo le puso rojo a cada uno de ellos; pero eso no era necesario reseñarlo en el discurso; eso no formaba parte del inventario de emociones que debía recibir el Comandante en Jefe.

Entonces, con tantas indecisiones, bien valía la pena hacer un esfuerzo por retornar a los cauces constitucionales el Ejército y esa tarea la debían de abordar los mandos intermedios y los cuadros operativos.

Muy distinta a la situación de los altos mandos de la fuerza. En estos privaba el poder y el dinero. La inversión que resultaba de los dineros de la republica en el Plan Global de Adquisiciones que derivó de la crisis de 1.987 con el ingreso de la Corbeta colombiana ARC Caldas al Golfo de Venezuela, abría la posibilidad de dejar de lado los principios y valores inculcados en el hogar y durante las pasantías por la Academia Militar de Venezuela.

Era demasiado dinero en juego y luego, estaban los cargos de poder militar en lo inmediato. El Ministerio de la Defensa, los comandos de fuerzas, la Contraloría General de las Fuerzas Armadas Nacionales, la Dirección General Sectorial de Inteligencia Militar, Dirección General Sectorial de Administración; mientras se lograra controlar los cargos sensibles desde la cúpula de cada uno de ellos, el mandado estaba garantizado dentro de la organización militar. Las banderillas clavadas en los costillares de los políticos se podían armar en los "quintos pisos" más importantes del Fuerte Tiuna, en el Ejército y el Ministerio de la Defensa.

La guerra con Colombia convertida en la Hipótesis Verde se transmutaba en los billetes verdes de los proyectos de adquisiciones y los procesos de licitaciones de las compras. Allí era donde se libraban los verdaderos combates; las primeras bajas eran la dignidad, el honor, los principios y los valores.

El fantasma de la conspiración abría los cauces para que las decisiones políticas en Miraflores y el Congreso Nacional hicieran expeditos los créditos adicionales y los presupuestos en la OCEPRE.

El enemigo externo (Colombia) ampliaba el panorama de la oferta y la demanda para las compras militares; y el enemigo interno (El Golpe) bajaba por gravedad los dineros de las comisiones.

La Hipótesis Verde era una realidad de los verdes billetes de los dólares. Otra hoja borroneada que iba a la papelera.

"Convertir la democracia en un sinónimo de corrupción y a la libertad en sinónimo de desorden, es el milagro al revés que los modernos alquimistas del mal han producido en nuestra tierra. Ante esta situación cunde la frustración entre muchos de nuestros compatriotas y algunos tienden a creer con desaliento que los malos ganaron y no se puede hacer nada. Esa posibilidad es errada. La única posibilidad de triunfo de los corruptos es precisamente esa, que los honestos no hagan nada. Sin embargo, todavía se puede hacer mucho. La guerra santa contra la corrupción solo está comenzando y será larga. La paz todavía no se vislumbra. Nuestra guerra es por la libertad y la decencia. Con libertad habrá desorden algunas veces, pero sin ella habrá siempre opresión.

Ante esta situación… ¿Qué debemos hacer los militares?"

¡Orlando García no ha vendido ni una navajita a las Fuerzas Armadas! Cuando el Presidente Pérez exteriorizó esta declaración a los medios de comunicación social, en el quinto piso del Ejército se frotaron las manos. Delante de la bien tallada mesa de vidrio de la oficina del Comandante General los estatutos de la Corporación Margold recogían el nombre de Orlando García en compañía de Gardenia Martínez como principales accionistas de la compañía que había estafado al Ejército en la venta de un lote de municiones de artillería de calibre 105 mm.

Orlando García era el Jefe de la Escolta Civil del Presidente Pérez y era imposible que este no supiera los pasos de su subordinado. En todo caso era difícil que las otras agencias de seguridad del estado y los canales oficiales desde donde le llegaba la información al Jefe del Estado no le hubieran proporcionado esa información al Comandante en Jefe.

El punto era que en el Ejército tenían los elementos de convicción suficientes para abrir una averiguación sumarial que llevaría a la cárcel a Gardenia Martínez, a Orlando García y la cadena de complicidades internas dentro de la institución; de allí a establecer otras vinculaciones con el mundo político solo había un paso. Llevar a la cárcel a Orlando García era exponer al Presidente de la República a un escándalo que pusiera en peligro la estabilidad del gobierno, que ya era mucho decir con los otros escándalos militares de naturaleza conspirativa que habían quedado sin finiquito. El gobierno de Pérez estaba débil. Este discurso y sus resultados fueron una palmaria manifestación de su postración política.

"Es para nosotros de sobra conocido que debemos ser obedientes y no deliberantes, como lo dicta la Constitución y las leyes venezolanas. Pero esto no supone que debemos obedecer órdenes inmorales, ilegales e ilegitimas, ni tampoco que debemos permanecer mudos cuando la patria está en peligro. Los militares debemos dar la señal de alarma para que todos los venezolanos decentes entremos en zafarrancho de combate para enfrentar el monstruo de la corrupción.

Parafraseando a Clemenceau, podemos decir que así como la guerra es algo demasiado importante para dejársela solo a los generales, la conducción del estado es demasiado importante para dejársela solo a los políticos."

Si el Coronel Leopoldo González Aragot, el leal Consultor Jurídico del Ejército, hubiera tenido la ocasión de revisarle el discurso al Comandante General le hubiera sugerido que le cambiara el tono, que lo hiciera más sutil y potable desde el punto de vista institucional, incluso le hubiera saltado con una de sus salidas ocurrentes y era probable que alguna anécdota presidencial le hubiera servido para atajar las diez cuartillas de bilis personal que se volcaba en la proclama insubordinada. ¡Betancourt no se hubiera calado esta inquietante alocución y Caldera te pone preso! Y era verdad. Pero el jefe militar estaba dando un paso sobremanera calculado en cada uno de los episodios.

"La característica que distingue a la organización militar es su capacidad de hacer la guerra en defensa de los intereses vitales de la patria. En este momento estamos en guerra contra la corrupción, en defensa de nuestros valores morales. Es por eso que ahora, cuando estamos siendo atacados por las huestes de la corrupción, los militares como siempre debemos estar en la primera línea de combate porque nos requiere la republica y porque el costo de no actuar sería demasiado grande para una institución tan importante como las Fuerzas Armadas Nacionales.

Esta guerra para algunos parecería no ser de carácter militar, ya que en lugar de armas convencionales debemos usar armas morales para nuestra defensa. Pero nosotros los hombres de uniforme no podemos evadir este combate, al que debemos asistir en cumplimiento del servicio moral obligatorio"

Pérez había dejado de tomar decisiones objetivas en el sector militar. Su apatía para obligar a una conclusión sería y confiable en el caso de la movilización de los tanques Dragón 300, en su etapa de la campaña electoral había cruzado la realidad de sus obligaciones presidenciales y se encontraba aún en un limbo de decisiones.

Para el presidente era preferible dejar ese hecho de ese tamaño. Ese era un problema de las intrigas internas de los generales en su pelea por los cargos. El coco de la conspiración, usualmente expuesto por los mandos castrenses para arrinconar a los políticos del Congreso Nacional a la aprobación expedita de los créditos adicionales para cancelar las compras militares, siempre tenía en la vanguardia este tipo de banderillas.

Se le informaba al Comandante en Jefe de una conspiración y al mismo tiempo se le presentaba un punto de cuenta donde se hacía una solicitud para apresurar los créditos adicionales que estaban represados en las compras militares. El Comandante en Jefe para frenar la conjura, aprobaba el planteamiento con el convencimiento íntimo del chantaje; de allí a disponer de los dólares urgidos, en el cortísimo plazo para sofocar la rebelión, saltaba la diligencia a los senadores y diputados de las comisiones de defensa del parlamento.

Ese era un juego en el que participaban parlamentarios, generales, almirantes y allegados al entorno presidencial. La corrupción abría fuegos permanentemente dentro de las filas de la republica y la vanguardia aparente eran los valores y los principios macerados en el hogar y ratificados dentro de la Academia Militar de Venezuela, según el decir del Comandante General saliente.

"Por nuestra formación, los militares tendemos a separarnos del resto de la sociedad y esto no es bueno. Las Fuerzas Armadas Nacionales constituyen una organización destinada al servicio público y por lo tanto no podemos aislarnos, porque al hacerlo nunca sabremos qué es lo que la sociedad espera de nosotros. Pero si es peligroso que los militares nos aislemos mudos en nuestro mundo cerrado de obediencia, también es peligroso abrirse demasiado. El peligro fundamental que tiene el no aislarse, es que podríamos convertirnos en deliberantes e involucrarnos en la política partidista. Esto último no es una consecuencia obligada de una decisión, de salir de ese aislamiento, ni se debe tener temor por este hecho. Los militares somos una parte legitima e importante de la sociedad y por lo tanto una institución que tiene algo que decir y que debe ser oída, sin que ello constituya una amenaza a la sociedad civil y a las instituciones democráticas"

El Ministro de la Defensa permanecía impasible y serio. La formalidad del acto diluyó las duras palabras de su compañero del Alto Mando Militar en una relación oficial que se había convertido en traumática hasta en las presentaciones de las cuentas durante las audiencias.

El Comandante del Ejército en ocasiones le entregaba la cuenta ordinaria al Director de Secretaria o a los ayudantes personales para las firmas correspondientes y luego de haber sido rubricadas por el Vicelmirante se retornaban por el mismo camino. Ambos se evitaban más allá de las formalidades.

El general del Ejército consideraba que se había obviado su antigüedad en el camino del Ministerio de la Defensa y se había priorizado la relación de confianza entre el marino desde sus tiempos de edecán y el Presidente en su primer periodo de gobierno. La relación oficial entre ambos jefes se canalizaba entre los ayudante protocolares, normalmente en la casa ministerial del Fuerte Tiuna.

El ayudante del Ejército esperaba el retorno del ministro, normalmente a mediados de la noche, hacia espacio para que el hombre de mar saludara a su perro, con el cuál correteaba en la amplia antesala de la dominante estructura de la casa para drenar el estrés del cargo y luego recibía el abultado portafolio de las firmas urgentes. Así se manejó la relación administrativa Ejercito-Ministerio de la Defensa en el largo año conspirativo del año militar que corrió entre junio de 1.990 y junio de 1.991.

"Situaciones como las actuales producen conflictos entre la obligación que tenemos los militares de obedecer instintivamente las órdenes superiores y la necesidad de ejercer alguna medida de pensamiento crítico y reflexivo ante dilemas de carácter ético. Esto es especialmente doloroso cuando nuestra conciencia gime. Cuando esa voz interna nos orienta en los momentos difíciles hacia un deber ser distinto a la obediencia automática. Esos dilemas morales se reducen cuando debemos decidir entre obedecer a los dictados de nuestra conciencia o cumplir con lo establecido en las leyes y reglamentos. Todos sabemos que tomar una posición ética, siguiendo la voz de la conciencia puede tener malas consecuencias, pero las consecuencias de no adoptar esa posición pueden ser peores."

El reemplazo de las autoridades militares se acostumbraba hacerlo posterior a las actividades oficiales de la conmemoración del aniversario de la Batalla de Carabobo y Día del Ejército. El Comandante en Jefe había decidido relevar en el mando al Comandante General. La polémica desatada entre el Director de Inteligencia Militar, el General Fuenmayor y el General Peñaloza se le había escapado de las manos al Jefe del Estado. El giro inesperado de la comparecencia de este en la Comisión de Política Interior del Congreso de la República había sacado el problema de la Margold a otro nivel.

La sorpresa en la hábil jugada política del gocho de Fuerte Tiuna dislocó al gocho de Miraflores. Jurado Toro recibió lo suyo por la tramitación aparentemente inofensiva de la comparecencia. Una cuenta ordinaria tramitada entre ayudantes, había filtrado la solicitud entre el abultado portafolio de firmas. Fue obligado a retractarse en la autorización que se le había expedido a Peñaloza para presentarse en el Congreso. El Inspector del Ejército diligenció hasta lo imposible para localizar al zamarro andino de San Cristóbal que se había desaparecido conveniente y misteriosamente de sus oficinas y su casa de habitación, para ventilar ante los diputados la posible conexión en la corrupción de las compras militares a través del Jefe de la Escolta Civil, Orlando García y el Presidente.

Era el dilema ético al que se aludía en el discurso de entrega. Los sabuesos de la Dirección de Inteligencia Militar fueron burlados en la estrecha vigilancia que habían impuesto a los pasos del Comandante General y al otro día este ingresó al Congreso Nacional a cumplir con su obligación constitucional, a pesar de los esfuerzos del diputado Henry Ramos Allup de servir de mensajero del Presidente Pérez y frenar la asistencia. Nada impidió la comparecencia.

"Al anterior dilema ético se une otro de diferente naturaleza pero de mayor importancia, la necesidad de actuar de forma tal que la organización militar proteja efectivamente a la sociedad civil, sin hacerle daño irreparable a las instituciones democráticas. En otras palabras, ¿Cómo actuar en ciertas

Entre tanto roguemos a Dios que nuestros líderes recapaciten y despierten a esta democracia adormecida y peligrosamente aborrecida por muchos. Si ellos no desdeñan los complejos para su corrección y no toman las medidas para purificarla a corto plazo, la democracia se perderá. Si no se inicia pronto un renacimiento moral, en Venezuela puede ocurrir cualquier cosa.

En estos momentos difíciles, los militares debemos estar prestos a cumplir con nuestro deber, guiados siempre por las palabras sabias del libertador, que al respecto dijo:

Mi único amor siempre ha sido el de la patria, mi única ambición la libertad.

Señores"

De allí salió el discurso para Fuerte Tiuna.

El destino político del Presidente de la Republica y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas había sido sellado con el Libertador. Simón Bolívar había servido de antesala en el polémico discurso y también de broche. Ambas sentencias morales encerraban un profundo proceso de reflexión y de inquietud que ya venía corriendo libremente en el Ejército con la complicidad expresa de un grupo de generales y otro notable sector de individualidades de los medios, de la cultura, de la economía y de la política.

Eran inteligencias al servicio de un proceso subversivo que contribuyó a erosionar más la institución presidencial. De allí al golpe mediaba un paso. El discurso del alto jefe militar calibró la capacidad de respuesta de Pérez y esta se concentró en pasiones más que en razones. La inacción del Comandante en Jefe ante un acto de abierto desafío a la autoridad dejó en evidencia el ascendiente de Pérez en el medio militar. A partir de allí su autoridad dependía de la confianza.

Los jirones del mando, entregados a los compromisos afectivos de sus antiguos edecanes no bastaban para frenar la abierta conjura que rodaba libremente en el medio militar. Faltó al gocho de Rubio aplicarle al gocho de San Cristóbal, lo que aplicaba en sus buenos tiempos del gomezato otro gocho, pero de La Mulera.

En 1.913, otro gocho de Mérida se embarcó en una conjura contra el General Juan Vicente Gómez. Ambos eran compadres, el gocho de La Mulera era padrino de Carlos Delgado Chalbaud, malogrado durante el triunvirato de Pérez Jiménez y Llovera Páez en el histórico magnicidio de 1.950. El General Delgado con la sospecha de que su compadre ya estaba al tanto de la conspiración le solicitó una audiencia a Gómez y fue a conversar con él para aclarar sus asuntos. Al finalizar la conversación, lo estaba esperando en la antesala una comisión de La Sagrada y fue a dar con sus huesos a la tenebrosa cárcel de la Rotunda, donde permaneció con grilletes en los tobillos por 14 años y sin poder escribir un discurso de despedida.

La historia a veces se repite, con actores distintos que olvidan sus parlamentos y sus roles.