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sábado, 25 de septiembre de 2010

LA MUERTE DE JUSTINO TOVAR

No fui amigo de Justino Tovar, no conozco su trayectoria personal, política o profesional, nunca compartí con el economista Justino una actividad social. Recuerdo haberlo conocido en una oportunidad en su oficina, con motivo de un trámite relacionado con las graves irregularidades de la reparación de 300 metros de conector de aguas negras y la capa de rodamiento de la calle Barcelona cruces con Junín y El Carmen. Fue la única oportunidad que converse con él, en un intercambio verbal que duro apenas 15 minutos para consignar un documento exigiendo como Contraloría Social, la aplicación de la ley.

Sirve de antesala esta parrafada, para deslastrar de cualquier pasión el comentario sobre la muerte física del Economista Justino Tovar, Contralor Municipal de Pedro Zaraza, titular de su cargo hasta el ùltimo minuto de su carga vital y por encima de las zancadillas locales, las puñaladas regionales y los astazos centrales que lo asesinaron política y moralmente. En una suerte de componenda turbia y tenebrosa, de dudosa naturaleza legal y donde concurrieron los mas torvos sentimientos y las más siniestras intenciones de una cáfila de sayones con cargos oficiales, estos empujaron el puñal de la traición y el balazo de la perfidia, para ejecutar en el paredón moral y político a Justino Tovar. Después del asesinato moral y político, la muerte física era un asunto de tiempo.

Nunca me aventure a declarar a Justino Tovar inocente o culpable de las causas que se le imputaban en el oscuro procedimiento que lo llevó a su detención. Simplemente exigía que se diera cumplimiento al artículo 49 de la Constitución Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, ese que señala que toda persona es inocente hasta que se demuestra lo contrario; pero que además tiene derecho de un debido proceso. Un artículo que fue pisoteado desde el inicio.

Pero además, las actitudes públicas y comunicacionales de algunos funcionarios locales lo subieron al patíbulo moral y político, cuando lo expusieron política y moralmente ante la opinión pública, sin que mediara una investigación seria, justa y confiable y una condena definitiva. La penalidad vivió en la lengua desbocada y en la ausencia de escrúpulos que se asomaba en los baldones oficiales donde convive la corrupción y el cargo público. De allí a la muerte física solo mediaba un paso.

En un régimen donde se tiene un desprecio por la vida y se manifiesta una profunda indiferencia por la muerte, la desaparición física del Economista Justino Tovar, Contralor Municipal de Pedro Zaraza fue la consecuencia del asesinato moral y político que lo llevo directo del callejón de la muerte al cementerio. Sus asesinos vivirán con la carga de un muerto más.

La responsabilidad de quienes alientan las banderas de la democracia, la libertad, la paz, la independencia, la unidad de la nación, el respeto de los derechos humanos y la vida es que la desaparición física de Justino Tovar, represente para sus asesinos morales y políticos…un muerto menos.

La tramoya que sirvió de mampara para encaminar al Contralor Municipal hasta la cárcel, tiene nombres y apellidos. En la conciencia de ese fárrago de lombrosianos pesará la muerte de un hombre que solo estaba cumpliendo con su deber.

La muerte de Justino Tovar debe servir de referencia para quienes ocupan cargos de responsabilidad pública a nivel local, regional y nacional el grave compromiso de resarcir las banderas de la paz y la unidad nacional. El odio incubado a través del discurso político que alienta la violencia y la destrucción debe ser desterrado a través de un ejercicio escrupuloso de las funciones de servicio que se correspondan con nuestras responsabilidades. Esa es la tarea de todos los funcionarios, pero además, forma parte del legado de funciones de todos los venezolanos que estamos alineados con el futuro.

Las cosas de la vida, Justino Tovar murió en la cárcel sin que pesara ningún tipo de condena. Murió siendo inocente; mientras que sus asesinos morales y políticos descorchan con su culpabilidad en la soledad de sus conciencias y con sus escrúpulos al ras del suelo, una botella de 18 años en las riberas del Unare.

Es verdad…los que mueren por la vida, no pueden llamarse muertos. Hay otros muertos en vida que penan en el resentimiento de sus escorias íntimas.

Los asesinos de Justino Tovar tienen la repulsa de todos.