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lunes, 28 de febrero de 2011

MEMORIA PARA UN CUENTO

Lanzas ColoradasTaita Boves

El tipo entró al hemiciclo de la Asamblea Nacional y la buscó con la mirada queriéndola fijar visualmente de entrada. Ansiaba engancharla desde las primeras de cambio. Ya había dado instrucciones al viejo guerrillero presidente para que la designara como integrante de la comisión de diputados encargados de acompañar al primer magistrado en su recorrido desde el salón protocolar del viejo edificio guzmancista del parlamento hasta su asiento en el presídium. El primer pensamiento que le asaltó en la memoria mientras se desplazaba en el vehículo protocolar desde el viejo palacio presidencial hasta la sede del legislativo fue “Me gustaría manosearla y estamparle un beso presidencial que la sacuda”.

La mantuanita me había caracoleado y se me evadió – memorizaba el tipo - pero vamos a ver cómo me aguanta la mirada del águila que no caza mosca desde las alturas protocolares, hasta su asiento de diputada en primera fila. Desde allá me la voy a bucear en sus blancas carnes de oligarca que no aguanta esta ojeada penetrante de Presentación Campos en versión tercer milenio. La memoria me va a poner a morder esa bemba turgente de ricachona y llevar mi lengua heroica de mil batallas discursivas más allá de la caliente antesala de sus blancos dientes. ¿Cómo será el encuentro con su lengua de mantuana? ¿Cómo reaccionará si le envío después de los actos un papelito con el edecán? ¡No, ni de vaina! Se puede ir directo con la prueba en mano hasta la prensa y exponerme. Mejor espero el discurso y le disparo unos fuegos de ablandamiento con mi artillería de 155 milímetros. La palabra. Esos obuses y sus fuegos nunca me han fallado discursivamente. Me sirven para ablandar las posiciones, obligarlos a hacer un despliegue prematuro en el campo de batalla, para desorganizar las posiciones del enemigo, permitirles maniobrar inoportunamente y ver cuáles son sus verdaderas fuerzas del orden de batalla. Mejor espero. Mientras tanto mucho ojo desde arriba y memoria para recordar los pasajes que deberían de llegarle directamente de mi lengua a su memoria. Ojala que los camarógrafos de ANTV hayan copiado al detalle las instrucciones. Los enfoques, el paneo, los closeup y como captar en la visual a la chama para que ella vea que todo el interés del águila revolucionario esta puesto sobre ella. El poder es una vaina seria y abre las piernas del cualquier mujer.

Allá esta todavía sin dignarse a ver para arriba. Esa cae. No creo que se niegue a la seducción de mi poder y sobre todo el que emana de mi palabra. El Gran Collar de la Orden del Libertador me hace esponjar, pero ese pereto me incomoda en la verdadera visual hacia la esquina escuálida donde se sienta la blanquita ¿Bueno y no me va a tirar nada? ¿Qué se ha creído?...¡Alto, paciencia, paciencia! Ya vendrá el momento del discurso. Allí es donde me voy a lucir. ¿Será que invito al palacio a un grupo de diputados escuálidos y la incluyo a ella? Ya habrá oportunidad de habilitar un espacio a solas en el despacho, con esta ricachona tan buena que no debería de escapárseme. Algunos del gabinete me pueden servir de celestinos y habilitarme los caminos para un encuentro a solas. Una excelente oportunidad para que esta burguesa de los amos del valle sepa de un buen moreno procedente de los tablones de caña de cualquier plantación del siglo XIX. La memoria se fue por las Lanzas Coloradas de Uslar, agarró caminos por el Taita Boves de Pancho Herrera y se quedó en el zambo provinciano que llegó para batear un jonrón en el estadio universitario de Caracas.

¿Qué pensara de mí realmente la blanquita esta? ¿Cómo fue que me dijo el edecán que se llamaba la mamá, con la chuleta de los filiatorios de su familia para irle dorando la píldora en el discurso? ¡Mierda…todavía nada de pelarme los dientes! Tanta seriedad me turba. Me ha puesto distancia y categoría esta oligarca ¿Qué se habrá creído? Yo soy el primer magistrado de la república. Conmigo no hay piernas cerradas, ni blanquitas, ni mantuanitas, ni burguesitas, ni oligarcas melindrosas y gazmoñas. Por una o por otra esa fortaleza la voy a asediar y a tomarla. Vamos a esperar el momento del discurso, desde allí veremos señales. Pero lo que es en blanco, no me voy a las duchas, algún roletazo le bateo. El poder está conmigo y yo le voy a enseñar quien manda.

¿Y esta terrateniente estará pensando que es Inés Fonta la de “El Altar”? Para Inés acá esta su Presentación Campos. Ya habrá oportunidad de pasarle estas manos morenas por todo género de opulencias de su cuerpo de ama, acostumbrado a mandar y a disponer de los beneficios de oligarca en esta tierra ancestral ¿Será que no ha entrado en cuenta que estamos en revolución y en ella todo vale y nada vale? Ya veremos hasta donde llega su altanería de patrona. ¡Mire para acá arriba, mi blanca! La memoria se le deslizo hasta la lengua y casi lo puso a cometer una imprudencia que fue contenida oportunamente.

Se sonrió socarrón y marrullero cuando pensó en las rodillas de la fotografía que le dio la vuelta al mundo. Mientras el viejo guerrillero atendía a las formas del programa y la vicepresidenta hacía ojos disimuladamente, inició un recorrido en la memoria de la imagen histórica desde las delicadas y cuidadas uñas, el tierno empeine del pie que se proyectaba frontal y directo, los discretos tobillos que direccionaban hacia el firme talón que apretaba en el calzado de marca, la pulida superficie del ambiente imperial del salón oval y ya estaba a punto de subir en la recreación morbosa hacia el norte de su imaginación, llevando de pasajeros la esculpida pantorrilla de gimnasio y el apretado muslo de mantuana, cuando la realidad del cuadro lo devolvió a la programación protocolar con las urgencias de la arrechera evocada. Al lado de la blanca estaba su archí odiado enemigo del imperio intercambiando un saludo protocolar. Esa estampa le cruzó en sangre la cara muy rápidamente y un discreto efluvio le azotó pasajero desde el noreste al suroeste del cuerpo en el mismo sentido de la incómoda banda presidencial que lo cruzaba.

En un lanzazo de intermedio protocolar los ojos se cruzaron y se sintió el corrientazo. La energía que subía desde la silla parlamentaria hasta la silla presidencial se sintió por encima del vaho meridiano y las expresiones represadas de la asistencia. El aliento presidencial se contuvo en la densa bocanada de aspiración que se llevaba en el suspiro, esperando recibir una señal, una contraseña corporal que se deslizara y trascendiera por encima de la imaginación. Nada. La pantalla en blanco de la cara y el cuerpo mantuano de la blanquita era una reseña nula, un lema difuso que no se procesaba en el presídium, un signo inexplicable para la vanguardia de la primera magistratura en eso de asediar para el cortejo.

Algo había en esa fuerza que se emanaba desde abajo, algo que llegaba directo hasta el cruce de la banda presidencial en el Gran Cordón. La opresión de la energía se sentía con un ardor de masas que le quemaba en el lado izquierdo y le apretaba más el corsé de kevlar que lo protegía del balazo aleve del magnicidio e iba más allá de la calidez del afecto. Era un brío contenido en el ánimo de la palabra y ensamblado en el vigor de todas las madres venezolanas, todas las hermanas venezolanas, todas las hijas venezolanas, todas las nietas venezolanas, todas las primas venezolanas, todas las amas de casa venezolanas, todas las estudiantes venezolanas…todas las mujeres venezolanas.

Era el grito de las madres en la preocupación por la división de la familia y el destino de los hijos, cuando los aires de la guerra se sostienen enarbolando las banderas del odio, los complejos, los resentimientos y el enfrentamiento entre las clases. Era el vozarrón de la madre patria, una mujer que presiente en la violación de la carne de su destino en paz, el pasaje retrechero y rufianesco del nuevo amo disimulado y fullero, que con cada grito de libertad se baja el cierre de la bragueta revolucionaria, con cada demanda de igualdad irrumpe en las intimidades de la familia con los calzones a la mitad de la rodilla y el resuello de fraternidad se expresa con la placidez posterior del encuentro de la carne.

¡Traidor! La percepción del latigazo del amo de la memoria de Uslar Pietri en su novela de patrones y de esclavos, lo fustigó con Presentación Campos en la habitación de Inés Fonta, mientras su mirada se posaba en las delicadas manos de la diputada. La respiración se aceleró y se encabritó obligándolo a panear a todo el auditorio para disimular el encono y bajar la presión de la entrepierna. El vaporón comenzó a deslizarse en un sudor frio que se represaba a la altura del plexo en la contigüidad del costoso cinturón de cuero. El perfumado pañuelo secó la irrigación empapada en la cara encandilada del rubor sorpresivo.

¡Cobarde¡ La mirada serena lo remachaba en sus Lanzas Coloradas, con la visión del águila posada en la presa del busto femenino de la legisladora, que con una actitud espléndida se mantenía distante e impasible ante la presencia de la dignidad ofendida. La regularidad isócrona de la respiración femenina en su curul, diluía el insulto contenido en doscientos años de independencia y desempolvado con una revolución de sables y arcabuces en plena globalización de tecnologías de información y comunicaciones. La sangre ya había dejado un contrastante refilón a la altura del rostro, y la carnosidad personal de la frente parecía una granada de mano sin la espoleta…a punto de estallar. En ella se había concentrado la fiebre del encono y la caldera de la hostilidad, por lo que procesaba en ese momento su memoria resentida y agraviada en los complejos arrastrados desde los lejanos tiempos de los tablones de caña.

¡Asesino! El contemplado porte regio y solemne de la diputada lo terminaron de sofocar y arrinconar en sus resentimientos ancestrales. La soberbia postura que se emanaba desde su curul era inevitable en la solemne evocación de su seriedad pomposa y magnifica. Ni una sola expresión amable y cordial se deslizó en la cortesía de una sonrisa para rendir los honores de mi alta investidura. Ni una sola mueca con la contigüidad de un mohín se escapó de su espléndida boca de oligarca. Se fue en la memoria hasta El Altar y pensó casi en voz alta, ante la afrenta del agravio. Ella podrá ser la dueña. Pero quien mandaba era él. Las emanaciones graves de los vocativos protocolares del hemiciclo legislativo lo mantenían aun en la reminiscencia de su fijación con la mantuanita parlamentaria en la habitación de Inés, quien yacía, acurrucada para ocultar su desnudez en pleno palacio y bajo la cabronería abierta de muchos de sus uniformados. El crucero de la indignación casi lo empujó a la torpeza de expresar los pensamientos que lo incitaban desde la silla protocolar. Lo frenó la ausencia y el desdén que se proyectaba desde la curul de la representante. La sangre que se había proyectado inicialmente hacia abajo, en este momento de la presentación de la memoria y la cuenta, la mayor parte se concentraba en el rubor de la faz presidencial, mientras el resto se diluía en la remembranza que luchaba por retomar la solemnidad del discurso y el formato del programa.

¡Traidor! ¡Cobarde! ¡Asesino! Allí si se me Salió Presentación Campos en persona. ¿Qué se ha creído esta blanquita? La memoria me espoleaba para construir la verdadera reacción en el discurso de la alta magistratura y me aguijoneaba en la construcción de la verdadera expresión de la alocución. Esos ojos de mantuana solo expresan eso, esa boca de oligarca solo puede exteriorizar eso, esa cara de patrona me estruja esos tres calificativos y me perturban en la oración discursiva, esos pechos retadores de ama del valle me disparan esos adjetivos sin ningún tipo de consideración y respeto a la majestad presidencial. La rémora regia y soberbia del mantuanaje encumbrado en la colonia, solo es capaz de articular en el azote histórico, desde el caserón principal hacia los barracones donde se confunde el sudor espeso y potente de los negros con la membruda emanación del melao de los tablones. El látigo disciplinario del capataz se avenía ahora en el chaparrón verbal, así se quedara en la imaginación. En la memoria.

La punta de la lengua contuvo por primera vez la impulsividad retórica de la frase que quiso escaparse de la ira del águila imperial. Casi se abrió paso el capataz del viejo tablón de caña de El Altar. En algún momento la memoria se acobardó, lo traicionó y le asesinó una de sus pocas oportunidades de sinceridad ante la blanquita. La expresión se quedó inerme y sudorosa en los rincones de la conciencia resentida y cargada de los odios de clases. Ya habrá oportunidad para que la memoria se desnude hasta las intimidades de la primera bragueta de la república y el primer disparo verbal se sellará en una sentencia revolucionaria de estos tiempos bolivarianos.

¡Esta es carne libre, como la tuya! ¡Carne de macho!