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jueves, 16 de junio de 2011

EL PACIENTE VENEZOLANO

Osain

Kuru kuru bete
Mariwo osain mariwo rere mariwo
Tibiri tibiri a la mofinyera tibiri tibiri

El canto a Osain el espíritu de las plantas, como telón de fondo de la ceremonia, presidia la liturgia. El dios de la medicina en la santería, vigilaba con un solo ojo el ritual acordado para realizarse antes del magnífico eclipse lunar previsto para mediados de junio. Una sola pierna de la deidad y un solo brazo del culto hacían más sombrío el cortejo del protocolo. El guirito que le colgaba del cuello semejaba en la simbología la paridad de los participantes y llamaba a bailar acompasados con el tibiri tibiri de la entonación lastimera y quejumbrosa.

En el centro del rito el paciente cubierto del pabellón tricolor de las ocho estrellas y la réplica de la espada del libertador llevada expresamente desde las arcas seguras y blindadas del Banco Central de Venezuela llevaba ya más de cuatro horas de plantón, mientras desde lo alto, guindado con la seguridad de gruesas cadenas, un hermoso tigre de bengala degollado, dejaba sudar su sangre roja hasta la última gota, después del chorro inicial de la puñalada litúrgica.

Osain era un santo de los mandingas y salió de su territorio por motivos de guerra; casi tan igual como había salido de su territorio el paciente.

Mientras la liturgia de la purificación y la energía con la sangre del tigre avanzaba, el paciente se remontaba a otra ceremonia similar de su época conspirativa, celebrada en las inmediaciones de Naguanagua, en la desembocadura del rio El Retobo en el Cabriales; esta vez con un macizo toro negro de casi 600 kilos. La réplica de la espada del Libertador de un general del ejército, amigo de la causa y el tricolor de las siete estrellas abanderaron la ceremonia hasta que se escurrió la última gota de sangre del cornúpeta alzado en horcones, previamente asentados por un grupo de los centauros de la promoción de oficiales que estaba próxima a graduarse. ¡Qué tiempos!

Las fotos que quedaron registradas en la fórmula del cortejo de aquella noche de gran luna llena y montando prevención en el acomodado y estrecho altar que estaba en el recibidor de nuestra amiga iniciática, decían bastante de la historia de esta revolución. Ya casi iban a cumplirse treinta años de esas gestiones que arrancaron con el temor de lo desconocido y lo misterioso de unos afanes, que eran tan riesgosos como que se rompieran los gruesos mecates que sostenían al toro guindado y sus 600 kilos, que se desangraba en casi 8 horas hasta lo último.

Como este hermoso felino, trasladado expresamente por un avión militar desde la lejana Bangladés hasta el Caribe y que se desangraba ahora hasta la última nota del tibiri tibiri a la mofinyera tibiri tibiri en sus casi 300 kilogramos.

Eran los días cercanos al 24 de julio de 1.983 y el mes de junio para ser más precisos. Próximos estábamos los venezolanos a conmemorar el bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar y era oportuno consagrar esa fecha al espíritu de la rebelión de la negritud y nadie mejor que Cristina de Naguanagua para honrar la memoria de Bolívar, en la confluencia del Retobo con el Cabriales…¡Quién lo diría!

Kuru kuru bete
Mariwo osain mariwo rere mariwo
Tibiri tibiri a la mofinyera tibiri tibiri

Las notas se alzaban lastimeras y quejumbrosas como llamando a las lágrimas y al mismo tiempo a bailar. Los tiempos habían cambiado. Desde los tiempos del toro negro había pasado bastante agua del Cabriales en la historia del paciente. Los sueños habían retumbado en tiempos de febrero, nueve años después y se habían convertido en realidad quince años más tarde. Desde entonces, la sangre del vacuno se había secado en la realidad de la vida, para evaporarse en la posibilidad de la muerte. Esa misma que se espantaba con el tibiri tibiri a la mofinyera tibiri tibiri en la tonada de Osain.

Seguían retumbando en quejidos los güiros del ritual, mientras el paciente se frotaba con las manos mutiladas de la Virgen de Coromoto, al lado esperaban la cabeza del José Gregorio Hernández curador y operador de milagros y sus manos fantásticas. En el fondo, cuidadosamente ubicadas estaban algunas de las prendas de la Virgen del Rosario traídas desde Yaracuy y restos de los trajes de la Divina Pastora. Allí estaba la fe del pueblo venezolano, atesorada con la idea de transformar en salud para el paciente que se iba en la vida, con la sangre lagrimeada del tigre muerto. Así como lloraron los feligreses en la mutilación de sus imágenes veneradas.

Era distinto en 1.983. Allí estaban los bríos de la juventud y los sueños de recuperar un país entregado a los morbos sociales. En la pústula de la corrupción que asolaba al país se montaban las energías del grupo de jóvenes que aspiraban por un país mejor y una patria diseñada por los libertadores con la sangre regada desde Carabobo hasta los confines de Ayacucho. De allí la bandera y la espada. De allí la sangre del toro. De allí el plantón de ocho horas mientras se destilaba el plasma insólito del cuadrúpedo astado.

Era distinto ahora. Nuestros sueños habían asumido en la realidad el rol de la inflamación purulenta de hace treinta años. Esta había degenerado en un absceso terminal exageradamente invasivo que llevaba nariceado al toro de la revolución bolivariana directo al matadero, desde donde se iba a desangrar lentamente. Como aquel que degolló Cristina para mí – pensaba el paciente - en el ritual del Retobo en su desembocadura en el Cabriales.

Era distinto ahora. Hace casi los treinta años se caló las ocho horas de plantón, sintiendo la sanguaza caliente del toro recorriendo su cuerpo desnudo con el aplomo del cadete de parada y la expresión tanquista a flor de piel “ojo de vidrio, pecho de tanque y cara de perro”.

Ahora se cansa. El sofocón ardoroso de la sangre del felino le corta la respiración y las cuatro horas de parada le hinchan las piernas hasta niveles de jamones. Pero tengo que aguantar, dice. Así lo expresa la liturgia de Osain. Si hago un alto para descansar, la postema en que se convirtió mi sueño bolivariano, el sueño de muchos, se abrirá en una supuración de los morbos en que han mutado desde adentro.

Debo aguantar. Debe haber una manera de frenar la purulencia de la ulcera, antes de que el tigre termine de destilar su plasma vital y yo termine de caerme.

Si me caigo, allí termina la ceremonia, allí se termina todo, finaliza el sueño y muere la magia de la energía del tigre en el tiempo que falta para destilar su vitalidad. ¡Tengo que frenar la caída!

Kuru kuru bete
Mariwo osain mariwo rere mariwo
Tibiri tibiri a la mofinyera tibiri tibiri