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domingo, 1 de diciembre de 2013

ELEGÍA A LA BOHEMIA ZARACEÑA

Fig. 1.- La vieja calle Troconis con la entrada original de Los Álamos  con la contigüidad de los cocotales que hacían cruce con la calle Higuerote, y al frente, Macuto de Ramón La Conga. Foto cortesía de Infozaraza.

Para: Sergio Bernáez

Para hacer una crónica de la bohemia zaraceña, es inevitable apelar a muchas de las taguaras emblemáticas del terruño. Ya ese tema de por si es difícil caracterizarlo como distintivo y simbólico, en un sitio como la Zaraza de hace 40 años y más, donde las familias más conservadoras calificaban esos lugares como antros de la perdición del alma y lugares de celebración de saturnales de esposos descarriados, vagos formales y otros sin ningún oficio conocido, o simplemente habituales, que al finalizar la jornada salían a “echarse unas” para combatir el tedio y la monotonía, atizados ambos por el abrasante calor del lar nativo.

Así era la despreocupación y la holganza en la Atenas del Guárico, hace 40 años.

Sin necesidad de apelar a la experiencia de quienes hicieron del tránsito habitual en esos botiquines donde se compartía la cotidianidad de la labor, el desempeño de la liga profesional de béisbol o de la discusión amable de una campaña política o simplemente el precio de la leche y el valor del queso a puerta de corral, o en algunos casos quienes iban a drenar con la botella la experiencia de una mal amor, los bebederos de la Zaraza pacífica, ajena y muy distante de la controversia actual, fueron entre muchos el Sol y Sombra por los predios arriba de la Plaza Zaraza, El hijo de la noche que servía de prevención a la entrada del barrio Curazao y predios de Teodoro Maringá, el Yaurí de Pedro Benjamín Hernández que daba la bienvenida a la calle Comercio, El Mapurite despidiendo a los queseros de Agua Negra y Masaguaro, El 2do frente de Enrique Mayorga al cierre de la calle Bolívar, el Tenampa de Marcos Alvarez para los fronterizos entre La Loma y El Paraíso, La Trampa y El Orensanito compensaban a quienes no eran del gusto de Pascual Silva, el Centro de Amigos de Cheo Álvarez en la esquina noroeste de la  Plaza Bolívar servía de asiento de los conversatorios de quienes jugaban un cuadrito del 5 y 6 y se cansaban de las tertulias bajo la supervisión del antiguo busto de Simón Bolívar.

En algunas oportunidades la famosa esquina de Ponciano Maestre Magallanes abría la alternativa de la fría a través de un espacio que habilitaba en su famosa arepera y allí iban a refrescarse los parroquianos del centro y sus vecindades.

Otra cantina característica, lo fue la que hacía esquina en la entrada de Los Guácimos en el cruce de la calle Danubio con Nueva, fundado por la familia Toro que luego se mudó a Valencia y lo enajenó al tristemente célebre Vergatario quien dejó su humanidad arriba de una mesa, en un lance típico de botiquín.

Los Álamos de los hermanos Santana, en el ombligo del pueblo, salvo las temporadas de fiestas de graduación, de carnaval o decembrinas, equilibraba entre quienes  se refrescaban en el remate de Ramón La Conga en Macuto y quienes iban a oír posteriormente los discos de su rocola.

El Faro ya era otra cosa y siempre penduló entre juegos de envite y azar, celebraciones con grandes orquestas y bebederas relacionadas con el carnaval.

Todas las barras y mesas de esas cervecerías de antaño en la Zaraza de entonces, fueron testigos del solaz de conversaciones  de parroquianos al frente de la conocida media jarra y la tipo Pilsen que todo el mundo pedía, bajo la penumbra de la máquina que tragaba las monedas para lanzar al viento a rocoleras cortavenas de Julio Jaramillo, Olimpo Cárdenas, Carmen Delia Dipiní, María Luisa Landín, Toña La Negra, Daniel Santos, Orlando Contreras o llaneras de Carlitos González “El rey del pajarillo” – el corrío de Nicolás Felizola era una fija - y una que otra vallenata de Los Corraleros del Majagual o de Aníbal Velásquez.

La fama se agarraba entre quienes las vendieran mas frías. Donde la negra Córdova en la calle Troconis las venden heladas, se corría la voz y todo el mundo emigraba para allá y de esa manera se activaba un tour etílico de descubrir donde se conseguía más fría y más barata.  Y así como esas locaciones había otros lugares familiares donde se bebía encapillao, se garantizaba el carácter casi congelado de la bebida y se conseguía gente mesurada y victoriana que criticaba públicamente a los clientes de Pascual Silva.

Pueden estar seguros que muchas de las rondas de Polar o Zulia que se pedían para las mesas, sirvieron para financiar carreras universitarias de paisanos que hoy son acreditados médicos, abogados exitosos, economistas de renombre o ingenieros de postín y las monedas que se metían en las ranuras de las rocolas sirvieron de sustentos a familias honorables de nuestro lar.

Así eran las tabernas  y bares de la Zaraza de casi dos generaciones atrás. Bien distantes y diferenciadas de la actual bohemia zaraceña, si es que se puede llamar así.

Los botiquines que conocimos de esa generación han languidecido y el resto simplemente desapareció. Se los llevaron por delante la moda de beber en las calles, la participación masiva e invasiva en la competencia en la liba del otro género – a veces son más vikingas que los hombres - la aparición de las licorerías, y también en cierta forma la inseguridad. De allí al equipo de sonido, agresivo en grado máximo a los oídos de los vecinos, de la camioneta tuneada acelerando y los escándalos en la calle, solo mediaban dos botellas adicionales y la inevitable llamada a la policía.

La bohemia zaraceña se murió. La última rocola mecánica la reparó Teodoro Álvarez hace mucho tiempo y ya Andrés Chanto no está para eso.