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viernes, 8 de agosto de 2014

LLUVIA REPUBLICANA

Fig. 1.- El agua de la lluvia es una suerte de bálsamo que alivia las costuras de la desesperanza y cicatriza los guayabos de toda ley.


"Nuestras vidas son como los rios que van a dar a la mar que es el morir"
Jorge Manrique
 
 
Esta lloviendo en Caracas. El chaparrón ha generado una paralización del tránsito, que avanza paquidérmicamente como una sinfonía inerte e indolente que se va ejecutando con un desgano mecánico y un fastidio de pereza. La cola es un enorme bostezo de monóxido de carbono, sin el pudor de un pañuelo que cubra las vergüenzas reducidas en los labios apretados por la boqueada contenida y la humedad que nos bañaba del sudor vespertino previo.  
 
Llueve y fugazmente evocamos la mentira del mostacho capulinesco y propio de comics mexicano, enfundada con la banda presidencial de la última cadena de radio y televisión, secundada por la cáfila de bufones palaciegos.
 
Se desgaja violentamente el chaparrón y las calles se desaguan raudas y copiosas  arrastrando las miserias urbanas de los canales cercanos en un curso que ralentiza mucho mas la marcha automotora. El colectivo se adormece y pareciera entregarse al vaivén de la chorrera mientras tose el motor en una bocanada que lo ahoga de agua y combustible. Relampaguea, y al trasluz se asoman las puntas de las lanzas de los distintos factores disidentes que pujan alevosamente entre sí para enrollarse en la misma mentira presidencial, banda incluida y con sus propias bajas aliadas que quedan en el reguero de la perfidia ambiciosa, la aspiración aleve y la zancadilla unitaria que limita la recuperación republicana.
 
Una centella retumba cercana y sacude la anaconda automotriz de todo un catalogo de marcas y modelos que serpentea en el mar de agua en que se ha convertido la larga autopista linfática de Prados del Este hacia el noreste de la capital.
 
Los gruesos goterones del chubasco ametrallan la larga carrocería del Metrobus donde se amontona encogida y ahora friolenta parte de la fuerza de trabajo que mueve ese Titanic en que se ha convertido el país y que navega sin capitán, sin timón, sin rumbo y con mucha marinería de lado y lado, directo hasta el carajazo del iceberg de su propio destino.
 
Llueve mientras la cola de agua y automóviles se enfrenta a un enfurecido rio Guaire que avanza impetuoso y arrasador hacia Petare y desde allí hasta su desembocadura en el rio Tuy. Desde allí ya en despojos caldosos por la contaminación iniciada desde su nacimiento en inmediaciones del Macarao y el San Pedro hasta llegar boqueando y agónico, para morir en el ancho mar Caribe.
 
Hasta allí, en el mar, solo habrá un turbulento pasaje mortuorio de las aguas que recogió la lluvia amasada por una pendejera reflexiva y repasado en la somnolencia del viaje, mientras una gotera nos retorna a la realidad.
 
Termina la travesía anfibia del traslado y nos enguayabamos en la nostalgia de enfundarnos en un remendado pantalón de caqui, unas gruesas medias viejas y un franelón gastado y con huecos, testigo de ancestrales batallas de la vida, y al frente un caliente pocillo de café rebajado con papelón, mientras la historia del país desfila sin aspavientos y gris, bajo los acordes de la banda marcial de las gotas que repican en el techo de zinc.
 
El cielo termina de desangrarse a borbotones, a lo lejos empieza a abrirse paso entre los aun cerrados celajes de la timidez arcana, unos rayos de sol sobre el lavado asfalto.
 
Así se desagua la vida del país.