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DOS PAÑUELOS, PEINE Y CORTAUÑAS

Hace 34 años ingresé a la Academia Militar de Venezuela, exactamente el 5 de agosto de 1.973; siempre recuerdo con alguna curiosidad que no pude satisfacer del todo durante mi permanencia en el Alma Mater del Ejército, que una de las exigencias casi permanente, era presentarle a los superiores cada vez que lo exigían, 2 pañuelos blancos, 1 peine y 1 cortaúñas.

Mi curiosidad no era por los adminículos, al fin y al cabo había que andar impecable y eso incluía cargarlos de manera permanente, por si acaso. Mi interés nació porque nunca nadie me dijo porque el peine tenía que ser negro y de una dimensión en particular y de marca Ace, el cortaúñas de una característica especifica y de marca Trim y los pañuelos blancos, por supuesto impecables, de unas medidas precisas y sin ningún tipo de estampa y de marca Pirámide. Ahora, que mi promoción pasó al retiro, después de analizar la conducta de muchos colegas de otras generaciones más y menos antiguas y viendo de cerca el comportamiento institucional de la Fuerza Armada Nacional en esta coyuntura, he conseguido medianamente una explicación a la exigencia de 2 pañuelos, peine y cortaúñas ;y porque a veces y de manera aleatoria, se incluía requerir de manera imprescindible el Código de Honor del Cadete.

Deduzco que para el militar, en su proceso de formación, era más importante la presentación personal, los zapatos pulidos hasta el delirio; la raya del peinado alineada, recta, perfecta; los filos del planchado del uniforme casi cortantes; el corte de pelo a nivel de
banda blanca; los botones de la guerrera espejeantes; con el vello de la nariz y de las orejas al ras; un aliento primaveral; las uñas alineadas, cubiertas y sin cutícula; oloroso a Brut o 4711; en fin la apariencia imprescindible que impacta y que sirve de coraza defensiva ante una sociedad que exige y demanda. Pero, más allá de eso, hacia lo interno, la formación intelectual hacia y para la ciudadanía, la visión de ciudadano, la integración con la civis y la polis del cadete militar, que se manifestaba no solamente con el caletre del Código de Honor en sus diez artículos, si no con la identificación intima y ética de sus propuestas; eso, como que era accesorio, marginal; un frontis que sonaba muy bien para los discursos protocolares y la argumentación formal, pero que asumirlo como un modo de vida, era incompatible porque no había identificación.

Ahora comprendo, en este momento de crisis de la nacionalidad por culpa de colegas míos contemporáneos, en que falló el proceso de formación profesional de la Academia Militar de Venezuela y porque se insistía tanto en los dos pañuelos, el peine y el cortaúñas; y de ultimo y a veces se exigía el Código de Honor. !Era más importante la forma que el fondo.

!Menos mal que no nos ha tocado la desgracia de ir a la guerra de verdad, pero para allá nos llevan los cultores de los dos pañuelos, el peine y el cortaúñas!

 

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