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ESTA LLOVIENDO

Fig. 1.- Un chinchorro en lo mas profundo del país, es una buena manera de ver caer la lluvia.

Está lloviendo. La lluvia siempre ha sido para mí un empujón hacia la nostalgia.

Desde un ventanal gris y neutro de un apartamento citadino o el corredor en silencio de la vivienda de una urbanización, la lluvia tiene un valor distinto al de  las comarcas provincianas.

Mientras los goterones aporrean el asfalto y se desparraman, la chorrera inicia su loca carrera hacía los drenajes viales y la memoria hace un recorrido interiorano que aprieta el corazón y afloja los recuerdos.

Siempre evoco los turbiones en un chinchorro agujereado de cabulleras con empates, y colgado en el descampado, con cuatro horcones que sirven de soporte a los viejos colgaderos. Mi atuendo ideal en ese momento es una vieja franela medio rota, unas medias sin combinación, también rotas, un  pantalón de mil batallas,  remendado sobre unos largos calzoncillos con la goma vencida.

Mientras el tintineo de las gotas sobre las las planchas del zinc te adormitan, un rebosado pocillo de café endulzado con papelón, te despabila con el goteo del chaparrón.
 
Está lloviendo y estoy nostálgico de una buena montaña en lo más profundo de mi país, de una solitaria llanura con dos alcayatas frondosas que combinen con el poncho que sirve de techo, o de la orilla de un río que se discurra sin la emoción del chubasco que llena su cauce apacible próximo a la invasiva inundación que ya se pronostica.  Un buen habano certeramente guillotinado y una buena conversación inundada con la periquera de una mujer locuaz e inteligente por compañía,
ilustrarían un buen cuadro de lo que empuja a la nostalgia de esos parajes mientras llueve y estamos encerrados en la soledad de un apartamento lánguido, viendo como las nubes se desgajan.

La emoción que me lleva el dedo en el teclado, mientras la lluvia sigue su pertinaz trayectoria en este texto es la visión que se evoca y se recrea con el cielo abriendo sus compuertas en la ciudad. 

Está lloviendo. 

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